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Breanna Stewart sigue siendo una de las grandes de la WNBA. ¿Por qué no la apreciamos lo suficiente?

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Breanna Stewart sigue siendo una de las grandes de la WNBA. ¿Por qué no la apreciamos lo suficiente?

NUEVA YORK — A veces me gusta imaginar que Breanna Stewart se duerme recitando sus logros profesionales, de la misma forma que yo me duermo recitando los números de teléfono de amigos de la infancia.

Resumiré la inventario, para ahorrarles: McDonald’s All-American, cuatro campeonatos consecutivos de la NCAA en UConn, primera referéndum en el Draft de la WNBA, Novato del Año, múltiples medallas de oro olímpicas (una de ellas al punto que 48 horas antaño del salida de Stewart y el primer hijo de su esposa), ganadora de múltiples premios MVP, tres veces campeonatos de la WNBA, campeona de Unrivaled (la venda profesional de tres contra tres que ella cofundó).

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Y, sin confiscación, estoy dejando a un banda este montón de hardware para decirles que Stewart está subestimado. Y que el hecho de su subestimación no se puede corregir fácilmente; esto no es como cuando la New York Review of Books encuentra un clásico olvidado en un estante polvoriento y de repente “Stoner” se convierte en un éxito de ventas. No, su subestimación es en existencia parte integral de su nobleza, la esencia de la misma. Porque Stewart no es una novelística en incondicional; ella es una sección del código tributario.

Mientras Caitlin Clark, Olivia Miles y Paige Bueckers te inundan con novelística de baloncesto, logotipos de 3 y monedas de diez centavos sin mirar (jugadas que se repiten sin cesar durante los tiempos de calma de la televisión, transformadas digitalmente en simulacros de NBA 2K), Stewart te asfixia con el equivalente de baloncesto al papeleo. Ella inclina el pase que habría conducido al 3 campechano. Cae, con todos los 7 pies 1 de envergadura de sus extremidades plegables como postes de tienda, encima de una pelota suelta. Ella convence a su monitor novato para que utilice su desafío en una valor fuera de los límites. Aplasta a sus oponentes con la implacable y mínimo sexy integridad de su toma de decisiones. Y luego, tintineo, añade otra medalla a su cúpula.

Los playoffs de este año, en los que Liberty derrotaron al Minnesota Lynx, primer protegido, en la primera ronda y comenzaron las semifinales contra el protegido Atlanta Dream el domingo, han mostrado el discreto dominio de Stewart.

Pero primero, un poco sobre cómo Stewart y Liberty se convirtieron en los desamparados en primer división.

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No se suponía que fuera así. The Liberty agregó a Satou Sabally fuera de temporada, un movimiento de injusticia al estilo Kevin-Durant-a-los-Golden-State-Warriors. Stewart ya era parte de un gran trío, adjunto con Sabrina Ionescu (una escolta espectacularmente poderosa y exasperantemente inconsistente) y Jonquel Jones (un pívot con calidad de Participante Más Valioso que ocasionalmente parece equipado con el motor de una cortadora de césped). Los tres ganaron el campeonato en 2024, de forma no muy dominante, ni siquiera (según los fanáticos de Lynx) de forma competición.

Y luego, en división de repetir en 2025, avanzaron tambaleándose durante la temporada regular antaño de ser eliminados en la primera ronda. Esperaban que 2026, con la ayuda de Sabally, fuera su redención.

Pero resultó que Sabally no se había recuperado de una conmoción cerebral devastadora y ocupó un división mucho más destacado en el mensaje de lesiones que en la cancha. Ionescu pasó la temporada sumido en dolores de espalda y problemas con los tiros. El nuevo monitor del Liberty, Chris DeMarco, discípulo de Steve Kerr en la NBA, entró inmediatamente en arenas movedizas oportuno a su desconocimiento de la W y su casi monstruosa desliz de carisma.

Y así, Stewart, en su décima temporada en la WNBA, se encontró arrastrando a su escueto e ignorante equipo a través del desierto de la temporada hasta los playoffs. Jugó 33 minutos por partido, empatada en el tercer puesto de la venda. Promedió 20,8 puntos, 8,3 rebotes y 3,3 asistencias. Se mantuvo en la conversación sobre MVP, pero siempre en esa parte de la conversación en la que los conversadores se recuerdan a la defensiva que efectivamente no se puede olvidar a Breanna Stewart.

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El Liberty llegó cojeando como octavo sembrado, y se esperaba, incluso por muchos de sus seguidores, que salieran cojeando rápidamente.

Pero ganaron el Diversión 1 en Minneapolis gracias a la rara función de Stewart que genera momentos destacados. Ella (cuyo tiro de tres puntos se le cayó hace primaveras) acertó múltiples triples; Atravesó el camino como un pulpo emergiendo entre las rocas.

Sin confiscación, el trabajo más duro, y el trabajo más esencial de Stewart, llegó en el Diversión 2.

Considere esta secuencia de tres minutos:

Con ocho minutos restantes en el segundo cuarto del martes, las Minnesota Lynx estaban dando vueltas, debajo 6. Barclays, el estadio Liberty’s de Brooklyn, Nueva York, estaba desesperado por arder en una celebración extasiada, pero las Lynx seguían lanzando chorros de agua cerca de el barril de pólvora. Pauline Astier, la novata francesa de las Liberty, se dirigió cerca de la canasta y fue bloqueada por Olivia Miles, la suerte de las Lynx y recién nombrada Novata del Año. Entonces Miles, que había estado luchando, anotó un 3, acercando al Lynx a una posesión.

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Los fanáticos de la licencia, que se han convertido en conocedores involuntarios del colapso, desarrollaron hoyos en el estómago. El Liberty cometió una violación del cronómetro de dispersión y de esos hoyos brotaron zarcillos.

Fue en este punto que Ionescu (la desaparición de cuyo tiro ha sido un subtema de la temporada) anotó un triple. Pero antaño de que Barclays pudiera explotar adecuadamente, Napheesa Collier, la delantera principal de Lynx y socia comercial de Stewart, respondió con una canasta propia. Superioridad de cuatro puntos para el Liberty. Una sensación de que los Lynx, por primera vez en toda la sombra, estaban cobrando impulso. Fue entonces cuando Stewart tomó el muestrario en sus enormes y desgastadas manos.

Lo que parecía fue que Stewart recibió el balón en la pintura de Astier, se giró para encontrarse defendida por Courtney Williams, mucho más desestimación, y aun así falló el tiro. Pero Stewart sabe, para eterna furia de los fanáticos de Lynx, cómo inclinar su cuerpo. Sabe desplegar los postes de su tienda con precisión para que se enreden en las ramas de los árboles de sus vecinos. Hubo un silbido. Desatiendo personal sobre Williams. Tiempo de calma de televisión.

Las faltas cometidas no aparecen en los puntajes ordinarios (aunque Stewart ocupa el segundo división en la venda con 6.3 por muestrario). Pero imagina que eres un extraterrestre que nunca ha gastado un partido de baloncesto: piensa en lo desmoralizador y diabólico que parecería el acto de cometer una desliz. Por un banda, enfurece a tu oponente. Por otro banda, acerca al oponente un poco más a ser eliminado del muestrario. Y mientras tanto, transforma a ese oponente, como a través de un exhalación láser que consume energía, en un defensor menos efectivo.

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Pero lo más importante que hace (este fue el real talante de Stewart el martes) es consumir tiempo.

Desde el momento en que sonó el silbato hasta que Lynx recuperó el balón luego de los tiros libres de Stewart, el cronómetro del partido no se había movido, pero habían transcurrido dos minutos y siete segundos del tiempo vivo del cronómetro. Eso equivale a un tiempo muerto de refrigerio, no es poco si estás en tu décima temporada y vas camino de divertirse 40 minutos. Pero además son dos minutos y siete segundos de Ellie el Elefante bailando, de música hip-hop a todo tamaño, de fanáticos de Liberty mirando fijamente lo que pocos fanáticos visitantes de Lynx se habían atrevido a traquetear con sus carteles de MILES ROTY.

Interrumpir una remontada con una desliz, en el baloncesto, es como interrumpir una velada de seducción con un moretón a la puerta de un vecino con el retrete desbordado. El momento del Gato montés había pasado.

Y en la sucesivo lance, Miles (a quien la entrenadora Lynx Cheryl Reeve claramente había pasado el tiempo muerto diciéndole que fuera agresiva) entró en la pintura, el tipo de lance que ha estado terminando con elegancia sobrenatural durante todo el año. Y Jones la bloqueó con tanta fuerza que poco en Miles y en el Lynx pareció romperse. Nunca volvieron a amenazar a la Confianza.

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Entonces, mire la secuencia nuevamente: un Ionescu 3 y un liga Jones, reservando un montón de tiempo de inactividad que desinfla Lynx que le trajo Stewart. Pero mire más de cerca esos sujetalibros: ¿quién ayudó a Ionescu en esos 3? Estuardo. ¿Y quién estaba protegiendo a Miles, conduciéndola directamente a los brazos de Jones? Estuardo.

Stewart estuvo en toda esta secuencia, como estuvo en todo el muestrario, como estará en todos los juegos que juegue Liberty hasta que se retire.

Y eso me lleva a la razón final por la que les insto a advenir estos playoffs apreciando a Stewart: apreciando aquello que estamos condicionados, en cada fibra de nuestros seres amantes de los momentos destacados, a no apreciar. Porque Stewart, a sus 32 primaveras, puede que no haga esto por mucho más tiempo.

¿Sabes cuándo tus padres llegan a esa antigüedad en la que todavía están sanos y son capaces y son ellos mismos, pero puedes ver (en sus compañeros, en el aleteo timorato que sientes cuando te das cuenta de que has perdido su llamamiento) que esta condición es finita? Ese es el momento en el que nos encontramos con Stewart. Los jugadores de baloncesto no mejoran luego de los 32. En algún momento, todas las universidades, la Euroliga, los playoffs de Unrivaled y los Juegos de Estrellas comienzan a desgastarse en un cuerpo.

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Lo que estoy diciendo es el equivalente en baloncesto de fogata a tus padres.

Mire a Stewart, quien improbablemente acaba de extender la temporada de su equipo; quien en cada muestrario hace mil cosas que nadie se molesta en agradecerle, ni siquiera registrar, mientras ella todavía esté aquí.

Este artículo apareció originalmente en The Athletic.

New York Liberty, WNBA, deportes femeninos

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